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18.5.18

O medo

Uma manhã, ofereceram-nos um porquinho-da-índia. Chegou a casa numa gaiola. À tarde, abri-lhe a porta da gaiola. Voltei a casa ao anoitecer e encontrei-o tal como o deixara: no fundo da gaiola, encostado às grades, a tremer do susto da liberdade.

 /Eduardo Galeano, O livro dos Abraços/

28.12.15

1597 / Sevilha - Num lugar do cárcere

Foi ferido e mutilado pelos turcos. Foi assaltado pelos piratas e açoitado pelos mouros. Foi excomungado pelos padres. Esteve preso em Argel e em Castro del Rio. Agora está preso em Sevilha.
Sentado no chão, junto da cama de pedra, duvida. Molha a pena no tinteiro e duvida, os olhos fixos na luz da vela, a mão útil quieta no ar.
Valerá a pena insistir? Ainda lhe dói a resposta do rei Filipe, quando pela segunda vez lhe pediu emprego na América: procure por aqui em que se lhe faça mercê. As coisas mudaram desde então, mudaram para pior. Antes teve, ao menos, a esperança de uma resposta. De algum tempo para cá, o rei de negras roupas, ausente do mundo, não fala senão com os seus próprios fantasmas entre os muros do Escorial.
Miguel de Cervantes, sozinho na sua cela, não escreve ao rei. Não pede nenhum cargo vacante nas Índias. Sobre a folha em branco, começa a contar as desventuras de um poeta errante, fidalgo dos de lança em estaleiro, escudo antigo, rocinante fraco e galgo corredor.
Soam tristes ruídos no cárcere. Não os ouve.


Memórias do Fogo: Os Nascimentos, Eduardo Galeano, Livros de Areia Editores [tradutor: António Marques] 

13.10.15

«Los ríos y la mar»

No había agua en la selva de los chocoes. Dios supo que la hormiga tenía, y
se la pidió. Ella no quiso escucharlo. Dios le apretó la cintura, que quedó finita para
siempre, y la hormiga echó el agua que guardaba en el buche.
—Ahora me dirás de dónde la sacaste.
La hormiga condujo a Dios hacia un árbol que no tenía nada de raro.
Cuatro días y cuatro noches estuvieron trabajando las ranas y los hombres, a
golpes de hacha, pero el árbol no caía del todo. Una liana impedía que tocara la
tierra.
Dios mandó al tucán:
—Córtala.
El tucán no pudo, y por eso fue condenado a comer los frutos enteros.
El guacamayo cortó la liana, con su pico duro y afilado.
Cuando el árbol del agua se desplomó, del tronco nació la mar y de las ramas,
los ríos.
Toda el agua era dulce. Fue el Diablo quien anduvo echando puñados de sal.

Memoria del fuego I Los nacimientos

26.9.15

os ninguéns

As pulgas sonham com comprar um cão, e os ninguéns com deixar a pobreza, que em algum dia mágico a sorte chova de repente, que chova a boa sorte a cântaros; mas a boa sorte não chove ontem, nem hoje, nem amanhã, nem nunca, nem uma chuvinha cai do céu da boa sorte, por mais que os ninguéns a chamem e mesmo que a mão esquerda coce, ou se levantem com o pé direito, ou comecem o ano mudando de vassoura.

Os ninguéns: os filhos de ninguém, os donos de nada.
Os ninguéns: os nenhuns, correndo soltos, morrendo a vida, fodidos e mal pagos:
Que não são, embora sejam.
Que não falam idiomas, falam dialetos.
Que não praticam religiões, praticam superstições.
Que não fazem arte, fazem artesanato.
Que não são seres humanos, são recursos humanos.
Que não tem cultura, têm folclore.
Que não têm cara, têm braços.
Que não têm nome, têm número.
Que não aparecem na história universal, aparecem nas páginas policiais da imprensa local.
Os ninguéns, que custam menos do que a bala que os mata.

[Eduardo Galeano, O livro dos abraços]

25.9.15

(…) 

-No entiendo por qué volviste.

 Y retira la mano. La mano de Mariano queda sola sobre la mesa, con la palma vuelta hacia arriba. Tiene la línea de la vida larga pero muy tajeada.

 -No entiendo. Me habías dicho: “No nos vamos a ver más. Somos libres”. Yo me quedé muda mirándote la espalda y te perdiste en la esquina de la estación. ¿Qué esperabas? ¿Que te corriera atrás? ¿Que te llamara a gritos? ¿Para qué quería yo esa libertad que me regalabas? ¿Para qué la quería?

(Mariano escuchaba los ecos de sus propios pasos y llevaba la cabeza vacía por dolorosa victoria de la voluntad, pero al llegar a la estación del ferrocarril se le metió por los oídos el estrépito de la máquina aproximándose, y entonces supo que desde ahora le harían falta los navegantes misteriosos que tan a menudo se perdían, por puro gusto, en los desfiladeros de niebla de la memoria o la imaginación de esta muchacha. Trepó por los peldaños de fierro y supo que ella sería, desde ahora, una nuca entrevista en la muchedumbre o un perfil que se escapa, una voz adivinada entre otras voces. Que él se daría vuelta bruscamente y echaría a correr y tomaría a una mujer por el brazo: que se equivocaría siempre. Entró al vagón de pasajeros y se sentó en uno de los viejos asientos de paja de la época de los ingleses y supo que ella persistiría: escuchó el traqueteo de las ruedas sobre los rieles y supo que ella persistiría, persistirá: en verano, en los túneles de hojas, convertida en un sanantonio que te camina por el brazo, o en las noches de julio, llenando una silla vacía en la complicidad humosa de los cafés. Llegó a destino y se bajó, mareado, y seguía sabiendo que ella continuaría oliendo a sí misma en su memoria, deambulando desnuda por la región nochera de sus sueños: que ella sería, que será, una cicatriz que a veces hace cosquillas y a veces late y a veces arde y a veces duele. Y sintió la necesidad de volver y por lo menos decir: “Nunca nada”. Por lo menos decir: “Como esto, nunca nada”. Y no volvió.)

  - Clara.

  - Sí.

 (…)


[Eduardo Galeano - La Canción de Nosotros]

29.7.15

El Amor

En la selva amazónica, la primera mujer y el primer hombre se miraron con curiosidad. Era raro lo que tenían entre las piernas.
—¿Te han cortado? —preguntó el hombre.
—No —dijo ella—. Siempre he sido así.
Él la examinó de cerca. Se rascó la cabeza. Allí había una llaga abierta. Dijo:
—No comas yuca, ni plátanos, ni ninguna fruta que se raje al madurar. Yo te curaré. Échate en la hamaca y descansa.
Ella obedeció. Con paciencia tragó los menjunjes de hierbas y se dejó aplicar las pomadas y los ungüentos. Tenía que apretar los dientes para no reírse, cuando él le decía:
—No te preocupes.
El juego le gustaba, aunque ya empezaba a cansarse de vivir en ayunas y tendida en una hamaca. La memoria de las frutas le hacía agua la boca.
Una tarde, el hombre llegó corriendo a través de la floresta. Daba saltos de euforia y gritaba:
—¡Lo encontré! ¡Lo encontré!
Acababa de ver al mono curando a la mona en la copa de un árbol.
—Es así —dijo el hombre, aproximándose a la mujer.
Cuando terminó el largo abrazo, un aroma espeso, de flores y frutas, invadió el aire. De los cuerpos, que yacían juntos, se desprendían vapores y fulgores jamás vistos, y era tanta su hermosura que se morían de vergüenza los soles y los dioses.


 Eduardo Galeano, Memoria del fuego 1: Los nacimientos